
Hoy os hablamos de un maravilloso paraje que mediante el boca a boca y el boca a oreja ha llegado a ser bastante conocido sobre todo en el sur oriental de la provincia de Pontevedra y en el occidente orensano, que es donde se ubican las fervenzas do Tourón y las pozas de Melón, en el río Cerves.
Antes de seguir un inciso: el lugar es tan fantástico como peligroso, si hemos de hacer caso a la estadística. En efecto, la estadística dice que en la última década las abruptas pendientes del río Cerves han sido escenario de varios aparatosos accidentes, con muerte incluida.
Ahora bien, extremando la precaución no debiera haber problema alguno. Este blogger frecuentó esas pozas y cascadas en sus veranos adolescentes. Nunca hubo de lamentar mínimo rasguño y sí disfrutar de una dicha infinita.
Por otra parte, hay una tendencia general a no responsabilizarse jamás de las propias acciones que resulta un tanto infantil. Cuando el viajero se topa con las paredes del Cerves debe medir cada uno de sus pasos, y si es o no aconsejable seguir remontando el río. Luego no vale echarle la culpa a otros por no habernos prohibido la entrada si tenemos la mala suerte de torcernos un pìe. Cada uno que decida por sí mismo, ya está bien de prohibiciones.
Y hablemos ya de lo que nos interesa: las pozas, las fervenzas. Nos situamos en Melón, en el extremo occidental de la provincia de Ourense, entre A Caniza (último ayuntamiento de Pontevedra) y Ribadavia.
Hay dos formas de llegar, por la autovía das Rías Baixas (de hecho, y como diría aquel presidente, al loro que algo había que hacer, estamos en Galicia, para estropear un poco el paraíso: sobre un tramo de río, más sobre las pozas que sobre las más distantes fervenzas, pasa la autovía en forma de puente) o por la carretera nacional que une Vigo y Ourense.
Por la autovía, se debe coger el desvío a Melón. Las pozas están muy cerca de la salida, casi enfrente al merendero. Las fervenzas están más arriba: es un desvío de la carretera nacional. Hay un cartel señalizador del desvío y otro más arriba. Además es necesario, tras aparcar el coche, caminar todavía por una pista de tierra medio kilómetro, más o menos.
Se trata del mismo río, el Cerves. Este río, que ahora no podemos recordar si se trata de un afluente del Avia o del Miño (suponemos que del primero), ha ido excavando y contoneándose por la piedra de modo asombroso, al menos en algunos de sus tramos.
Las pozas son magníficas y tienen un corolario indescriptible: varias fervenzas, esto es cascadas, la última de las cuales parece postal sacada del cuaderno de viajes de Robinson Crusoe. Una pared vertical (hay varias en ese tramo) por la que desciende el agua hasta impactar en un límpido (y casi inaccesible) estanque que no parece sino una gran bañera diseñada por un aplicado interiorista.
De verdad que merece la pena, a pesar de lo fría que está el agua fluvial y de alguna que otra culebra que suele pasar las horas tórridas de la canícula dándose un chapuzón. Lo cierto, amigos, es que dudábamos si escribir sobre este divino lugar, todavía no demasiado conocido. A veces, el blogger debe ser un poco egoísta ¿no?
Foto vía: elcorty