
Galicia no se circunscribe solamente a los límites actuales de las cuatro provincias. Su historia reciente está determinada por el fenómeno de la emigración ( En Galicia no se pide, se emigra escribió Castelao en el pie de uno de sus indispensables dibujos) hasta un extremo tal que a Buenos Aires se la llama la quinta provincia (y en Sudamérica todo español es gallego).
Sin irnos tan lejos, la frontera luso-galaica ampara una zona de indiscernibilidad donde lo difícil es reconocer en qué punto acaba Galicia y empieza Portugal. Las costumbres son las mismas, el carácter de la gente es el mismo, el idioma es el mismo. Esto no parece motivo para la estupefacción. Pero ¿y si os dijera que en la lejana Extremadura resuenan ecos de una vieja Galicia?
Y así, aunque nos salgamos de nuestro ámbito geográfico, tenemos que hablaros de un hecho bastante insólito: en una pequeña región de Cáceres, en el valle de Jálama o Xálima (sierra de Gata) se habla…¡gallego!
Los lugareños de los ayuntamientos de Valverde del Fresno, Eljas, y San Martín de Trevejo bautizaron a su lengua (en perfecto gallego) como Fala. En realidad se trata de un grupo dialectal, es decir, tres dialectos ( lagarteiro, valverdeiro e manhego) con pequeñas variaciones entre sí.
La existencia de a Fala se explica por las repoblaciones medievales de Fernando II y Alfonso VIII, principalmente, que llevaron al sur a las gentes del norte, en especial a los gallegos. Una prueba fidedigna es la presencia de topónimos como Galegos y Galegas.
En los últimos años se viene produciendo una entrada muy notable de castellanismos en la lengua de los más jóvenes, sin duda causada por la escolarización (fenómeno ocurrido asimismo en Galicia). Al mismo tiempo, ha nacido cierta tonta polémica en la que los poderes públicos no están exentos del vicio de la demagogia.
La pregunta por la galleguidad de la Fala nos parece absurda y malintencionada (el idioma que se habla en el sur de Ourense, en las Rías Baixas, en la Costa da Morte o en la Terra Chá es muy diferente entre sí; ahora, nadie duda de que se trata de variedades dialectales del gallego). Pero si tal calificativo hiere sensibilidades, que se le llame de cualquier otra forma, como ya se hace.
Lo esencial sería preocuparse por su conservación (o no). En ese sentido, muchas de las iniciativas más notables parten de la propia Galicia, tanto en estudios como obras publicadas. Citamos, por ejemplo: Valverdeiro, lagarteiro e mañego: o “galego” do val do río Ellas, de Xosé Henrique Costas.
En ese contexto divulgador, con la intención de tender puentes, el día 28 comienzan unas jornadas organizadas por la Red PEA de la Unesco, el ayuntamiento de Pontevedra, la Universidad de Vigo, y varios institutos de Galicia y de Extremadura. Los alumnos visitarán el valle de Jálama, donde tendrá lugar un congreso, y podrán presenciar in situ una asombrosa realidad sociolingüística, desconocida tanto para la sociedad gallega como para la extremeña.
Y un apunte final: sea o no sea a Fala una forma dialectal gallega (como creemos evidente), eso no quiere decir que se tenga que admitir por la fuerza unas determinadas normas ortográficas. Más bien la proximidad con Portugal recomendaría que no se dejase seducir por los cantos de sirena de ninguna Real Academia Galega. En Galicia mismo, hay una polémica enorme entre normativas que tal vez merecería ser contada. Pero en otra ocasión.
Foto vía: Juan Sixto
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