
En Lugo (provincia) hay un gran monasterio benedictino, el de San Xián o Julián de Samos, que merece ser tratado con atención y detenimiento. Los peregrinos del Camino Francés entre Triacastela y Sarria solían desviarse de la senda original para visitar el monasterio de San Julián, donde es visible todavía la pervivencia de los estilos que se han sucediendo: gótico, renacentista y barroco.
La vida si no monástica sí al menos monacal se remonta en la zona a la época sueva. Entonces Samos recibía el nombre de Sámanos. Más tarde, en el VI, se fundó el primitivo cenobio que, según consta, ya tuvo que ser restaurado un siglo después por el obispo de Lugo Ermefredo (cuyo nombre parece indicar que su madre no lo quería demasiado).
Durante las razzias musulmanas el monasterio se dejó a la buena de Dios, nunca mejor dicho. Pero al fin y al cabo la España andalusí se sintió en el norte bastante menos que, por caso, las incursiones piratas de centurias posteriores, de modo que ya en tiempos del rey Froila (mediados del VIII) la vida religiosa volvió a florecer con fuerza en Samos.
Fue en el XII cuando decide cambiar las reglas (si es que se dice así) y hacerse a la orden de San Benito (en gallego Bieito). Más o menos por las mismas fechas el papa de turno les concede derechos impositivos (y suponemos que espirituales) sobre más de un centenar de iglesias y parroquias de Lugo y del Bierzo.
Ante tal decisión a los superiores del monasterio debieron los ojos de hacerles chiribitas. No sabemos, en cambio, si tanta algarabía tendrían cuando a principios del XVI, en el proceso de centralización o castellanización de los poderes fácticos de Galicia (y los monasterios lo eran y de qué manera), los Reyes Católicos lo incorporan a la Congregación de San Benito el Real de Valladolid.
Tras esta extensa introducción histórica será menester una breve radiografía estilística. Para decirlo como la muchachada cordial de nuestras calles, el monasterio es muy grande y muy chulo. En la soledad de Samos, él solito resiste el paso de los siglos.
La iglesia monacal, obra del hermano Xoán Vázquez con excepción de la fachada, es del Setecientos. Los retablos son de la autoría de Francisco de Moure y José Ferreiro. La susodicha fachada, barroca, recuerda a la del Obradoiro por la escalera que la precede.De entre los claustros del convento, el más antiguo es el de las Nereidas, sugerente evocación que clava su nominal pica pagana en medio de tanto incensario católico apostólico. En estilo gótico tardío es obra de Pedro Rodríguez. En el centro del patio se encuentra la fuente de las Nereidas.
Mientras, el claustro renacentista de Feijoo pertenece ya al siglo XVI. El patio de este claustro, por su parte, se olvida de dulces Nereidas y se deja presidir por una más rigurosa estatua del padre Benito Feijoo. Qué queréis que os diga, entre Anfitrite o Galatea (o cualquier otra de las risueñas nereidas) y un severo monje de las pretéritas edades, me quedo con las primeras.
Foto vía: foro-ciudad