
Pasa Galicia por ser el país del románico y de la lluvia, de los mil ríos y del millón de vacas, de los cientos de poetas y de la ubicuidad del eucalipto. Pero, sobre todo, pasa Galicia por ser el centro cósmico de las infinitas fiestas gastronómicas. ¡Evohé!
Así es: en Galicia no se entiende celebración popular que al mismo tiempo no suponga un homenaje a los afanes digestivos del estómago.
Las fiestas gallegas, que mezclan de manera pintoresca los latidos de un fondo arcaico y pagano con los afeites cosméticos de la representación cristiana, son antes que nada pretextos graciosos para un enchente, una “enchenta” como se dice vulgarmente, o sea, un empacho causado por el mucho comer (y beber) que roza la indigestión.
Ah, los gallegos, qué gente. Pueblo sublime y delirante que tanto conquista desinteresadamente los océanos en provecho de la humanidad como se atasca con mezquindad por los límites de una leira, de un anello, de un huerto. En ese contexto tan poco proclive a reflexiones racionales cabe entender la pasión galaica por la ingesta de sólidos y líquidos.
No decimos nada que no haya sido dicho antes. Sólo que estas fechas señaladas de entroido, de carnaval, nos hacen volver la vista a un tema manido, pero cierto. El carnaval gallego pone sobre la mesa sustanciales y grasientos alimentos que, también este articulista se ve en el trance de degustar, en virtud de las pertinentes visitas a la casa familiar.
Porque la comida gallega cuenta con un número inusitado de exquisiteces culinarias, articuladas en dos ejes: el marítimo y el terrestre. El primero es acaso el que ha trascendido más, allende el Padornelo, hasta devenir un motivo cosmopolita: el marisco de Galicia es tal vez su símbolo por excelencia. Ahora bien, los productos de tierra, y en especial el credo del cerdo, ocupan una posición predominante en la religión gallega por antonomasia, la gastronómica.
Del cocho o porco o marrán (el lirismo gallego se refleja en la pluralidad de nombres con los que cuenta para nombrar aquellas cosas que resultan esenciales, como el cerdo) se aprovecha todo, sí. De él derivan una serie inagotable de platos: cocido, cacheira, chorizos, lacón con grelos, etc. ¿Y qué decir de la empanada, sobre la que en Galicia se ha construido un arte tan sólido e impresionante como una catedral? No se dude: la empanada gallega es el románico de la gastronomía.
¿Y las sobremesas, tan presentes estos días? Filloas, orellas o requesón con miel son postres que durante toda la semana compartirán protagonismo con peliqueiros o cigarrones. En fin, los vinos y licores corren tan salvajemente, pero tan bien imbricados con la comida, que uno no puede dejar de admirar la sabiduría de los gallegos, que desde siempre han preferido morir comiendo que morir matando.
Menos sorprende que algunos de sus grandes talentos hayan comprendido la literatura como empresa indiscernible de la gastronómica. Me viene ahora a la cabeza el caso de Cunqueiro, pero sobran los ejemplos. Cunqueiro, conocedor de la comida popular gallega como nadie, que puso por escrito algunas de las mas ilustres recetas de la cocina autóctona, era él mismo un gran (sabio) comensal, amén de ser uno de los más fabulosos narradores que dieron no sólo las letras gallegas o españolas, sino europeas. Y qué poeta todavía por descubrir…
Foto vía: manuelgago