Cabo de Vilan

Qué pena que a esta esquina del mundo, a donde Dios parece que se le cayó algún trozo del paraíso, se le conozca como la Costa da Morte. No dejan de añorar aquí el recuerdo de tantos y tantos nobles marineros, valientes ministros del mar y de sus casas, que se dejaron el pasado y el presente hundidos en la amarga sonrisa de las rocas.

No puedo por menos que paladear un rincón como el del Cabo Vilán, aunque el suelo y el rugido sempiterno de las olas marque el soniquete de una música lúgubre. La muerte se enrosca en los laberintos de silencio que dan cobijo a esta zona. Cabo de Vilán, cerquita de Camariñas, esa mujer de encaje y terciopelo, de mirada serena y lágrima de cristal.

El Cabo de Vilán es una paleta de colores. Verdes y azules enmarcan el blanco espumoso y la oscuridad de las rocas. Lugar de Interés Nacional desde 1933, el viento silba y se retuerce en los pliegues de las ropas, en el bucle estrepitoso de las olas.

No olvidaros, por lo que más queráis, vuestra cámara de fotos cuando vayáis al Cabo de Vilán. Sería un delito turístico de primera magnitud. Las estampas de este rincón, casi al borde del abismo de Finisterre, no pueden quedarse simplemente en la retina de la memoria.

Acercaros con cuidado a los acantilados del cabo. El mar parece querer saltar hasta el faro, hundir sus dedos de espuma en la luz y la piedra. El acceso más difícil, pero a la vez el más hermoso, es el que podéis hacer desde la ensenada de O Trece. Una gran cantidad de aves parecen nacer de las rocas.

Un poco más allá del faro, un islote de rocas puntiagudas sobresale del mar. Se va acercando la tarde, y el frío arrecia. Algo se va desangrando en el horizonte, goteando sobre el mar. Parece como si el rugido violento de las olas se detuviera, chocando contra el atardecer que se derrama sobre los pasos del agua.

Ha pasado un día, unas horas, miles de voces espumosas y un atardecer tan certero como un tiro de lluvia. En el Cabo de Vilán la vida pasa lentamente, quizás mucho más suave que en el bullicio de las ciudades. Vamos dejando atrás los acantilados, el sueño de las gaviotas. Las luces de Camariñas nos invitan a volver al mundo de los vivos…

Ahora sé porque a esto le llaman en realidad la Costa da Morte…

Foto Vía Chausinho

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