
Cervantes es un ayuntamiento de la comarca de los Ancares, en los lindes orientales de la provincia Lugo, próximo al Bierzo, zona hoy leonesa donde todavía pervive, por cierto, el idioma rosaliano…
(Hubo un tiempo en el que la lengua gallega se hablaba en todo el cuadrante noroccidental, llegando incluso a las puertas de la villa de León, y gallego resultaba todo aquel que no era moro: “perro gallego” le llaman los moros valencianos al mismo Rodrigo Díaz de Vivar, Cid Campeador. Que haya sido así no implica que tenga que seguir siéndolo: la quaestio facti no se confunde con la quaestio iuris.
Ahora, eso tampoco significa que podamos inventarnos la historia…con todos los respetos: es alucinante ver cómo la historiografía española más rancia, la que considera que la cultura andalusí son los otros, la que habla de Reconquista como si tal cosa, la que en el fondo considera que España es Castilla, etc, sigue dominando el panorama de interpretaciones, al menos a nivel popular).
En fin, perdón por la digresión (últimamente tanto ruido nos acaba afectando a todos). Nosotros os traemos aquí otra cosa, una hermosa leyenda, arquetípica, de mouros y princesas. El escenario lo pone, repetimos, el concello de Cervantes. En el escudo de este municipio hay un ciervo: suponemos que otrora debían ser tan abundantes los herbívoros que hasta bautizaron al propio ayuntamiento.
En una de las parroquias se alza, sobre una abrupta colina, el castillo de Doiras. Por debajo corre un río, el Cancelada. El castillo es de planta rectangular y conserva todavía la torre del homenaje. En este paisaje se ubica la leyenda de Aldara o de la “doniña cerva”, la mujer que se transformó en cierva.
En una época remota, el señor del castillo, llamado a veces Froias, tenía dos hijos, varón (Egas) y hembra (Aldara). Un día, la bella Aldara desapareció, para desconsuelo de Aras, heredero de un castillo vecino, que se había enamorado de ella locamente. La comarca fue peinada durante semanas, sin resultado alguno.
Tiempo más tarde, Egas, de cacería, mató con una flecha una hermosa cierva, tan blanca como la leche. Le cortó una pezuña y volvió al castillo. Al entrar, muy contento, le enseñó al padre su trofeo. Entonces, ambos contemplaron, aterrados, una mano de mujer, con un anillo de piedras preciosas incrustado en un dedo. Padre e hijo no dudaron: aquel era el anillo de Aldara.
Cuando llegaron al lugar donde yacía la cierva muerta, lo que encontraron fue el cadáver de la misma Aldara al que le faltaba…sí, una mano. Los hombres del lugar responsabilizaron a un mouro del encantamiento (típico hechizo de mouros era aquel cuyos efectos cesaban al morir la víctima, recobrando ésta su apariencia original).
Ora bien, nunca se llegó a saber del todo si Aldara consintió a ser metamorfoseada. Al fin y al cabo ¿quién no prefiere huir convertida en maravillosa cierva blanca ante pretendientes poco agraciados? Parece que Aras era más feo que una calabaza…