Catedral de Mondonedo

No sé cómo puede vivir quien no lleve a flor de piel los recuerdos de su infancia, había dicho Unamuno. Ser de un tiempo y de una tierra. He ahí el secreto de la poesía más humana y verdadera, matizaría después el gran poeta italiano Salvatore Quasimodo.

Estas dos citas nos resultan imprescindibles a la hora de referirnos no a un hombre, sino a una literatura: Álvaro Cunqueiro. De igual manera que existen las letras francesas, castellanas, catalanas, portuguesas, etc, etc, existe unas letras cunqueiranas. Y esas letras, esa literatura, no se comprende sin la tierra que lo vio nacer, Mondoñedo ilustre, y crecer como persona y creador, Galicia entera.

Mondoñedo, al norte de Lugo, fue un importante núcleo de población a finales de la Edad Media. Su catedral data del siglo XIII. Hoy, esa misma catedral es observada sin pétreo descanso por una estatua del hijo pródigo de la villa: el fabulador, poeta, escritor, periodista, crítico gastronómico, autor teatral y tantas y tan buenas cosas más, don Álvaro Cunqueiro (1911-1981).

Hay una anécdota de su infancia mindoñense que lo retrata. Escribió en castellano una novelita de vaqueros en la que los indios hablaban en gallego. De manera sorprendente y llena de inocencia, un meniño, reflejando inconscientemente los tics de la sociedad que lo rodeaba, describía con precisión de cirujano la problemática lingüística gallega.

¿Por qué es tanta la trascendencia de Cunqueiro en la literatura gallega, española y, no se dude, universal? Su obra es tan extensa que una presentación sumaria corre el riesgo de banalizar el todo. Mejor será, por lo tanto, decir unas palabras solamente al respecto de una de sus dimensiones.

Como versificador, durante la República, un jovencísimo Cunqueiro se muestra como el más grande poeta del momento en el ámbito peninsular, junto con Cernuda y Miguel Hernández . Luego su talento reconocido en la piel de narrador mágico e inventor de mundos donde la fantasía coloreaba una realidad ya de por sí ‘húmeda’ y gozosa, iba a sepultar en parte, a ojos de la opinión y de la crítica, de modo incomprensible, su obra lírica.

Pero qué versos recoge, y de qué lugares, el mindoñense. Porque ser poeta es verse sorprendido por la irrupción del acontecimiento del Poema. El poema cae, el poema sucede. Lo que distingue a los poetas es su manera de recogerlo, la parte del cuerpo que utilizan para hacerlo. Algunos con los dientes, otros con la cabeza o el cerebro, hay quien recurre a las manos, a la tripa, a las gónadas…y hay quienes involucran por completo cuerpo y alma. Tal Cunqueiro.

Acaso escuchar semejante elogio de un autor aparentemente tan burgués y poco trágico nos decepcione. En realidad, Cunqueiro es una especie de versión mejorada de Goethe. No escribió un Fausto, es cierto, pero concedió, a través de su obra, mil primaveras más para la lengua gallega. Eso sí que es mesianismo utópico, atmosférico, higiénico y redimidor.

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