Afilador

El término barallete tiene en gallego dos significados. Uno genérico, como sinónimo de “jerga” y otro más específico, como jerga de un colectivo concreto, el de los afiladores. El hecho de que el nombre propio que recibía la jerga de los afiladores acabase designando, por extensión, cualquier tipo de argot muestra la importancia social que tenía ese gremio en épocas anteriores.

En primer lugar, el barallete en sentido amplio, que conoció un gran predicamento a finales del XIX, nace en el seno de grupos profesionales como vía de comunicación diferenciadora. Además sirve para reforzar la cohesión de la comunidad a través de una identidad lingüística. Sobre todo, en el caso de oficios y profesiones ambulantes, como eran los afiladores y paragüeros orensanos.

Otra jerga de especial importancia y vigoroso desarrollo fue la de los canteros, en la provincia de Pontevedra (especialmente en Cotobade): la verba dos arxiñas. Un poema de Celso Emilio Ferreiro en Longa noite de pedra homenajea a ese egregio colectivo, intercalando un buen número de términos de esa verba dos arxiñas o latín de los canteros. Que Caicóo os guarde y os regale un paraíso de tierra dice Celso Emilio. Caicóo, o sea, Dios.

Estas lenguas crípticas en su intención, no abiertas de por sí a observadores ajenos, son por ello mismo difíciles de estudiar. La recogida de vocabulario se encuentra con algunas dificultades intrínsecas y, si tenemos en cuenta que eran lenguas plenamente vivas (por lo tanto en mutación constante y crecimiento continuo) ni siquiera el mejor conocedor de la jerga podría darnos un cabal catálogo completo y exhaustivo.

El barallete como jerga peculiar de afiladores, tan extendido por toda la provincia de Ourense, posiblemente sea el argot al que se le ha concedido mayor atención, junto con el de los canteros. Como era de esperar, el grueso de voces corresponden a términos que refieren las herramientas y los instrumentos utilizados en su oficio. Pero también objetos cotidianos, comidas, bebidas, enfermedades, instituciones, autoridad…

Aunque la mayoría de las palabras se formaban por derivación(del propio léxico gallego) al añadirle una serie de sufijos (-urria, -umela, -uleque…), un número nada desdeñable procedía de otras lenguas: ardoa (vino) o arrancios (huevos), de los vascos ardo y arrantz; fixo (pescado) del fish inglés, etcétera.

Otro ejemplo: los números eran las formas gallegas implementadas con un infijo en -pes. Así, doupes para dos, trepes para tres…la excepción era el número cuatro, llamado en barallete xato. De igual manera, los pronombres personales derivaban de la forma gallega a la que se le añadía, en este caso, -eces: tieces (tú), ileces (él)…

La conjugación del barallete era sorprendentemente amplia. Como antes, predominaban los verbos que de algún modo estuviesen relacionados con la actividad. Arrear para afinar, cobrouzar para cobrar, son algunos ejemplos curiosos. Y rebasando el estricto marco del oficio: apicholar (vivir), carantar (amar), tizar (comer).

Se observa una construcción básicamente de verbos en primera conjugación. Conjugación que coincidía, por lo demás, con la usual en lengua gallega. En definitiva, solamente nos queda asombrarnos del genio popular, capaz de creaciones tan curiosas. Y quién sabe si el barallete no tuvo también su Homero cuya merecida gloria futura fue cercenada por el hecho de vivir la jerga nada más que a través de los registros orales.

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