
Galicia es un paÃs pequeño, envejecido, desordenado, diglósico y diluido como un azucarillo en el complejo y seductor vaso de las postmodernidades que, sin embargo, por aquà se licuan solamente a través de la acción monótona de un desarrollo industrial rampante e inacabable.
Si lo dicho suena un poco a jerga incomprensible, tradúzcase de la siguiente manera: el hecho diferencial gallego se desangra en un escenario dominado estéticamente por el imperialismo del feÃsmo y la ruina demográfica. Galicia se convierte en una periferia más del territorio europeo y su paisaje deviene indiscernible del que las fotografÃas rumian en los arrabales urbanos de RumanÃa, Ucrania o Bielorrusia.
Al mismo tiempo, el proceso de folclorización iniciado en el franquismo se acentúa. Por paradójico que pueda parecer, sólo en ese contexto se comprende la pervivencia de unos sÃmbolos “nacionales” que son, por cierto, centenarios. Hace tiempo nos hemos referido al himno gallego y, quizá, otro dÃa hablemos de su(s) bandera(s). Pero hoy toca la Academia.
Porque el pasado 11 de diciembre se oficializó la entrada de Manuel Rivas, como miembro de pleno derecho, en la Real Academia Galega. Manuel Rivas, periodista en sus inicios, es desde hace años el escritor en lengua gallega más leÃdo y conocido dentro y fuera de Galicia. Lo que no significa que sea un mal escritor; al contrario, es muy bueno. Como novelista y, sobre todo, como articulista, perteneciendo a aquellos (no tantos como a veces se cree, en realidad muy pocos) que mejoran de manera inconmensurable la cosa gris de los periódicos.
La Real Academia Galega le debe mucho a unos cuantos emprendedores y entusiastas. Especialmente, tiene una deuda importante con la emigración. En esto no es diferente a tantas otras cosas de existencia centenaria en Galicia (como el mismo himno). Aunque venÃa gestándose desde finales del XIX, fue en 1905 cuando Curros EnrÃquez y Fontenla Real fundaron, en La Habana, una asociación protectora de una Academia formalmente no-nata todavÃa.
Un año después en la ciudad de la Coruña se constituyó de iure la Real Academia Gallega presidida por Manuel MurguÃa, viudo de RosalÃa de Castro. El tÃtulo de “real” lo concedió quien únicamente podÃa concederlo: Alfonso XIII.
Por lo tanto, Galicia cuenta con los académicos más viejos de la penÃnsula exceptuando, claro, los correspondientes a Real Academia Española. Entre otras iniciativas, a la Academia correspondió la de instaurar, en 1963, el DÃa das Letras Galegas que, curiosamente, rebasó durante años el ámbito folclórico e institucional en cuyo seno y bajo cuyas directrices habÃa nacido.
Pero aquellos tiempos, como dirÃa Manrique, ya pasaron y son polvo, cuando no olvido, de una época que a toro pasado nos parece mejor. Los laurales de la Real Academia Gallega reverdecen, aunque será difÃcil que desdigan su condición eventual y casi póstuma de canto último del cisne herido que representa, hoy, la lengua de RosalÃa.
Tras la dictadura, he aquà la pulpa dolorosa del asunto, los académicos no supieron ocupar el espacio que la sociedad les reclamaba. Desaparecidos en combate o deconstruyendo el propio idioma cual Penélope desarraigada o indolente, también ellos quisieron no mezclar las presuntas churras de la normalización con las supuestas merinas de la normativización lingüÃstica.
Craso error, queridos eruditos: treinta años después se perdieron hablantes y no se ganó un ápice en la pulcritud o rigor del idioma hablado, sino todo lo contrario. Ustedes, señores académicos, no han estado a la altura de los tiempos. Pensar que no han sido los únicos debe ser para ustedes un triste y tonto consuelo.
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