Ciudad de la cultura

Las crónicas periodísticas, enemigas o amigas, críticas y galantes, serias o humorísticas, solían referirse a Fraga, cuando era presidente de la Xunta, como Don Manuel. E incluso después de ganar por tercera vez las elecciones autonómicas, y que se lo homenajease poniendo su nombre a un aguardiente, considerando que el trono de Galicia era suyo de pleno derecho, ya todos pasamos a llamarlo monarca Don Manuel I.

Fijaos si estaba consolidado el popular reino de Galicia que todo el debate político de entonces se ceñía a la cuestión “sucesoria”, planteada así, con esta terminología y en estrictos y contundentes términos de herederos y delfines más o menos legítimos. Es importante tener esto en cuenta para comprender el asunto da Cidade da Cultura, esto es, de la Ciudad de la Cultura.

Porque fue justo después de ganar por mayoría absoluta sus terceras elecciones gallegas cuando Fraga, perdón Don Manuel, creyendo asentado el reino (todos lo creíamos, la verdad), seguro de representar la esencia de Galicia y de los gallegos, decidió que era necesaria la construcción de una de esas grandes y costosas obras que conjugan ingeniería y arquitectura con un derroche embriagador de márketing y publicidad para ganarse un puesto de honor en los libros de historia.

La Ciudad de la Cultura se diseñó pensando en las pirámides de Egipto, o en lo que hoy es el castillo de Sant’Angello, en Roma, anteriormente colosal tumba del emperador Adriano. No podía ser menos, en realidad debía ser mucho más. Así que en 1999 se convocó un Concurso Internacional al que se presentó lo más granado y selecto del mundo de la arquitectura.

Sin duda los sucesores modernos de Vitruvio se sintieron atraídos por lo goloso del premio y por el libre albedrío que se les garantizaba para levantar lo que fuese. El proyecto ganador correspondió a un equipo capitaneado por uno de los arquitectos más célebres de nuestros días: Peter Eisenman.

Eisenman decía tomar como punto de partida la presencia insoslayable de la ciudad vieja de Santiago, sobre la que habría extendido una cuadrícula cartesiana luego  transportada a la cima de la colina donde se tenían que emplazar los nuevos edificios. El proyecto hablaba de una costra granítica armoniosa con el terreno que, recordando un pliegue geológico a su vez evocador de una gigantesca vieira (ya sabéis, icono de peregrinos), conformaría una nueva acrópolis desde la cual contemplar la catedral.

Palabras todas que resuenan a golpe sublime de cincel, sin duda. Claro que no es oro todo lo que reluce. O mejor dicho, el oro que reluce es bastante caro. El presupuesto inicial rondaba los 100 millones euros. Hoy nos acercamos a los… ¡600! y creciendo. Algunos se preguntan si tiene sentido gastar tanto en una obra faraónica destinada a usos culturales, cuando después hay tantas carencias en infraestructuras bibliotecarias o escasea la financiación a taletos emergentes.

En fin, si se trataba de conseguir que la comunidad internacional se fijase en este pequeño recuncho atlántico, la Ciudad de la Cultura es todo un éxito. Y si llegáis a Santiago en tren, que no sólo hay vuelos, no bien apeados del vagón, desde las vías de la estación, enfrente vuestra veréis erguirse algunos de los imponentes edificios, recostándose sobre la colina, con las torres de John Hejduk, hermanadas en una especie de silenciosa perplejidad, dominando el tantas veces húmedo panorama.

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