
La rÃa de Vigo, espacio natural asombroso pese a ser uno de los más urbanizados de toda Galicia, se va estrechando hasta que deja atrás el término municipal de Vigo para entrar en el de Redondela, momento en el cual se expande de nuevo aunque solamente ahora para morir en una ensenada, dulce donde las haya.
El cuello de botella es el estrecho de Rande, lugar donde las riberas norte y sur de la rÃa están más próximas, y en el que en los años setenta se construyó un puente, entonces la mayor obra de ingenierÃa nunca realizada en Galicia. El puente de Rande es ya emblema de las postales más caracterÃsticas de la rÃa de Vigo. Cuando éramos niños, cruzarlo en coche nos llenaba de pueril orgullo y de admiración creyendo acaso que la ciudad de nuestra madre era una especie de San Francisco.
Pasado estrecho y puente, decÃamos, el océano todavÃa tiene fuerzas para hacerse sitio abriendo las carnes de la montañosa tierra circundante, como si quisiera morir tranquilo, extendido con amplitud y sin estrecheces. En el fondo de la ensenada y, por lo tanto, de la rÃa, se perfila la silueta apacible de un islote, pequeño y tÃmido. Sin embargo, una vez allÃ, podrÃamos decirnos algo parecido a lo que Napoleón gritó a sus soldados cuando llegaron a Egipto. Más de dos mil años de historia nos contemplan.
En efecto, las referencias a la isla de San Simón son múltiples y variadas. Empezando por uno de los poemas más embriagadores e inquietantes que se hayan escrito en lengua gallega, obra de un poeta y juglar vigués que vivió hace nada más y nada menos que 800 años: Mendinho.
Mendinho sitúa la escena dramática de su cantiga de amigo en la isla de San Simón. Desde entonces en Galicia sabemos, en el sur al menos, que para hacer pinitos lÃricos es menester, un dÃa de verano a la hora del atardecer, echarse al mar en Cesantes, parroquia de Redondela, y nadar los escasos doscientos metros que separan la costa de la isla. Luego solamente cabe esperar por la inspiración, despertada tal vez gracias a la maravillosa puesta de sol que se contempla desde San Simón.
Desde la época de Mendinho, la isla a estado expuesta a diversos avatares. Templarios, monjes y franciscanos fueron pasando por ella, o mejor dirÃamos ellas (porque en realidad son dos islas unidas por un puente), hasta que en el XIX se convirtió en asilo de enfermos. Con la guerra civil y la represión ulterior llegaron los años negros: los gritos de la tortura sustituyeron a las cantigas de amor, y los carceleros a los amigos.
Pero, por mucho que muden los tiempos (y siguen mudando: hace unos años se creó en la isla un centro de interpretación de la memoria histórica, proyecto hoy olvidado por los nuevos gestores polÃticos), la isla de San Simón permanece, hoy igual que ayer, apacible y silenciosa, como un icono milenario, único, de la prodigiosa rÃa de Vigo.
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