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Vigo, corazón de piedra
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A mediados del siglo XIX la ciudad de Vigo seguía siendo, de algún modo, la eterna aldea de pescadores incrustada barrocamente sobre una colina. Pero algo hervía en su interior. En 1869 las murallas tienen que ser derribadas. El crecimiento de la ciudad así lo ordena. Comienza, entonces, el período con mayor empuje de su historia, al menos por lo que a indagaciones arquitectónicas y proyectos urbanísticos se refiere.

La piedra late todavía en el centro de esta ciudad que durante tanto tiempo ha vivido en la indefinición de una herida no cerrada. El corazón pétreo de una rosa sin embargo marchita. Permanecen los pétalos, aislados, solitarios, capaces de sugerirnos un punto de fuga hacia ese Vigo que estuvo a punto de nacer, y sietemesino fue abortado brutalmente.

Pero no cantemos la melancolía de lo que pudo haber sido, loemos lo que de hecho es todavía. A finales del siglo XIX, decíamos, la arquitectura entra en ebullición. Un primer eclecticismo, es decir, una primera mezcla de estilos realizada con sabiduría, se muestra en el edificio del antiguo concello, en la hermosa y antiquísima plaza de la constitución (entrada al casco viejo), debido a José M. Ortiz y Sánchez, 1862, o en ese buque insignia que fue la Casa Bárcena, obra de Manuel de Uceda.

El eclecticismo se hará delicatessen, de la mano de una burguesía emprendedora, indiana, que podía financiar los proyectos, en el Edificio Bonín, en la calle Areal. Este edificio, como tantos otros de cualquier estilo, nos descubre los rasgos definitorios de la arquitectura viguesa que llamaremos “clásica”: el preciosismo de los detalles y los acabados perfectos realizados sobre los mejores granitos procedentes de la vecina Porriño.

En pocos años, arquitectos embebidos en distintas tradiciones artísticas y desarrollando evoluciones propias van a darle a la ciudad aquel aspecto noble que la caracterizaba en los años 30 y que hoy sólo se vislumbra en las calles del centro. Hombres de la talla de Jenaro de la Fuente, los Rodríguez Sesmero, el correcto M. Gómez Román, el gran Pacewicz o el ilustre Palacios recorrerán con total libertad los caminos del eclecticismo, del regionalismo, del modernismo o del racionalismo.

Todos ellos bajo la comunión del exquisito gusto por la piedra, por el granito, todos ayudados por la artesanía virtuosa de los canteros. Pasearse por las calles de García Barbón y Policarpo Sanz, subir por Colón o bajar hasta la Alameda para enfilar por el Areal es todavía hoy una empresa muy recomendable.

Si permanecemos atentos, tendremos que parar la marcha a cada dos por tres, sorprendidos por fachadas que emergen como desde una ruina inmemorial, congratulándonos a cada instante con una belleza baril y noble que nunca habríamos pensado en una ciudad de provincias y, a la postre, catalogada de industrial.

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