
La primera vez que llegué a Santiago de Compostela tenía la sensación de que iba a vivir algo especial. Creo que a todos los que llegan aquí por primera vez les pasa algo similar. Callejeando por su centro histórico, Patrimonio de la Humanidad, puse mis ojos en la Plaza del Obradoiro, la histórica plaza donde se encuentra la Catedral de Santiago de Compostela…
Fue la primera vez que sentí la sensación de que el tiempo se había detenido. No era una simple metáfora, algo ya no rodaba bajo mis pies. Estaba siendo testigo de la historia de tantos miles y miles de peregrinos, compartiendo un mismo momento, tantos y tantos suspiros al divisar las torres, tantas promesas cumplidas en el mismo instante en el que la piedra gris de la iglesia se convierte en retina en los ojos del hombre.
Y se puede decir, tal vez, que la Catedral de Santiago de Compostela no es la catedral más bella del mundo, ni quizás la más impresionante. Pero eso sí, es la única Catedral del mundo que no deja indiferente a nadie desde el primer momento en el que se la mira, hasta ese instante triste y cruel, en el que, gota a gota, va cayendo en el adiós de la mirada.
Atravesé las puertas de la catedral. Sonaba el coro y el órgano, y una inmensa fila de peregrinos, con sus vieiras, sus bastones, y mochilas en la espalda, buscaban abarcar, como yo, todo con la mirada. En apenas unos segundos me di cuenta que mis esfuerzos, y el de todos aquellos peregrinos, era en vano. Todo se pierde y se encuentra en la inmensidad de una joya del tiempo y de la historia.
La Catedral de Santiago se abre como se abren las emociones en el momento de buscarla. Miras hacia arriba y descubres la belleza casi sonriente del Pórtico de la Gloria, donde se representa el mundo tal como se concebía en el ideario medieval. Intentas buscar con los ojos, con los sentidos, todo lo que anteriormente habías leído y oído del templo. Tratas de palpar la historia, de beberla, de buscar el recuerdo de algún peregrino sumido en la profundidad oscura de no sé cuántos siglos pasados…
… pero no llegas, no puedes absorber todo lo que el momento te ofrece. La cara oculta de los siglos serpentea en cada coletazo del botafumeiro, en cada peregrino que se detiene un segundo, quizás el más lujoso de su vida, frente a la imagen del santo. Imaginas por un momento el camino de cada caminante, el sudor, el esfuerzo, las miles y miles de historias vivas de cada uno de ellos.
Salí del templo con la terrible sensación de saber que nunca jamás podría borrar este momento. Por más que quisiera, por más que mis sentidos se empeñaran. La Catedral de Santiago no es sólo un imponente monumento, un elogio de la arquitectura. Es el recuerdo más hermoso de cientos de miles de emociones que cayeron, siglo a siglo, como gotas de cada sueño, en el umbral de su puerta.