
Estos dÃas se recuerda en Galicia una triste efemérides: el naufragio del Prestige. Ya han pasado siete años, quién lo dirÃa. Fue el 13 de noviembre de 2002 cuando tuvimos noticias de un petrolero accidentado a unas millas de las costas gallegas. DÃas más tarde, al buque se le partÃa el espinazo y vomitaba su tóxica carga, dando lugar a una de los mayores desastres ecológicos que se recuerdan.
Y ya es decir. La memoria será débil, pero muchos recordaban todavÃa un buen número de desgracias con el océano como telón de fondo. Los naufragios en las costas gallegas son ya casi un lugar común. Hablamos de centenares de casos y de millares de muertos o desaparecidos.
Atención: no nos referimos, o no sólo, a la edad de piedra de la navegación. Un dato escalofriante: entre 1994 y 2004, se contabilizaron 69 hundimientos con casi un centenar de vÃctimas. Podremos colonizar la Luna, poner un pie en Marte, pero ¿qué pasa con la seguridad de nuestros pescadores?
Claro que no sólo se hunden barcos de pesca. En realidad, la historia de los naufragios en Galicia es una historia tejida con varios hilos. El drama humano de los pescadores y sus familias, la aventura novelesca de los centenares de pecios que duermen un sueño acuático, y a veces dorado por el oro que los acompaña, en las profundidades y, finalmente, el desastre medioambiental cuando lo que naufraga son buques potencialmente peligrosos.
A esa subhistoria de la gran y triste historia de los naufragios pertenece el caso Prestige. Pero otros muchos también. AsÃ, el Casón. El Casón era un mercante que se hundió frente a Fisterra el 5 de diciembre de 1987. Reconozcamos que a las autoridades nunca se les ha ocurrido presumir de transparencia en estos casos. Cuando a la opacidad se le añade la incompetencia tenemos perfilado un Casón, un Prestige.
La carga del Casón, encallado e incendiado frente a la costa (murieron 23 de sus tripulantes), fue un misterio para la población durante dÃas. La noche del diez de diciembre, los rumores desatados parecieron confirmarse con ruidosas explosiones que procedÃan del barco. Se desató la locura, cundió el nerviosismo. Los vecinos abandonaban sus casas como quien dice en zapatillas y se marchaban en coche de la zona. Una escena de pánico a lo pelÃcula de catástrofe holliwoodense, bien que en dimensiones reducidas.
Fue doloroso comprobar que las experiencias anteriores no sirvieron para nada cuando sucedió lo del Prestige. El asfixiante beso de viuda negra del famoso chapapote sobre las playas gallegas dio la vuelta al mundo. Aquellos dÃas nos dejaron escenas que sacudieron lo más hondo de la sociedad.
Y si la magnitud del desastre nos llevó a espanto, la bandera de la dignidad nos causó una emoción duradera. Por una parte, la movilización social resumida en el grito de Nunca Máis. Por otra, la enorme corriente de solidaridad visualizada en la Marea Blanca. Desde aquà os damos las gracias.
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