
Desde tiempos antiguos, la curiosidad de la humanidad abrió caminos hacia Galicia. La tumba del apóstol Santiago era un misterio que muchos siempre quisieron resolver visitándola. La Ribeira Sacra, o ribera de los ríos sagrados, iba a ser desde un principio refugio de ermitaños. Desde allí conservaron los conocimientos clásicos, y aprendieron nuevos cultivos, la ganadería y la artesanía.
La Galicia medieval comenzó a florecer con un cultivo nuevo, el de las iglesias románicas. La Iglesia de San Pedro de las Rocas, en las tierras de Esgos, la visigótica de Santa Comba en Bande, o Mixos en el Valle de Monterrei, Santa Eufemia de Ambía, o la mozárabe de San Miguel, ubicada tras las paredes del Monasterio de Celanova, todas ellas en la provincia de Ourense.
Después del año 1.000 entró en escena la sensibilidad y el misticismo del románico. En Melide, en la provincia de A Coruña, se encuentra la Iglesia de San Antoniño de Toques, o San Xoan de Vilanova en Miño, o el Monasterio de Caaveiro en el Eume, San Martiño de Xubia, Santa María de Cambre o Santa María de Mezonzo.
En Foz, en la provincia de Lugo, la Iglesia de San Martiño de Mondoñedo, donde vivió San Gonzalo en el siglo X, santo que tuvo el poder de quemar las naves enemigas normandas con la mirada de sus ojos.
El estilo románico evolucionó a lo largo de la tumba del apóstol Santiago en Compostela. Este lugar está lleno de simbolismo y de arte. La Catedral de Ourense, la de Lugo o las iglesias de Portomarín copiarían el ejemplo de Compostela. El románico gallego tiene magníficos ejemplos en la Ribeira Sacra del Miño, como el Monasterio de Santo Estevo de Ribas o el Convento de Pantón.
En la ciudad de Allariz estableció su corte Alfonso X el Sabio. Alrededor de ella el aire es románico y mágico. Santa Marina de Augas Santas, o el magnífico Monasterio de Xunqueira de Ambía. Los caminos están vigilados por el Castillo de los Condes de Maceda, que conduce al santuario de Os Milagres, el punto de encuentro de los peregrinos.
El románico se funde con el paisaje de Galicia, con sus valles, flores y bosques, como la pequeña Iglesia de Cereixo. A lo largo del Camino Francés el románico brilla en las tierras de Melide, en Deza, en Caamanzo, en Ulla, y en los alrededores, de nuevo y por siempre, de la tumba del apóstol, donde una galaxia de iglesias pequeñas parecen peregrinar en forma de piedra hacia el espíritu del santo.
Galicia respira románico. En el silencio de alguna espesura quizás aún resista la voz eterna de los siglos.
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