Castro de Baroña

Castrexo, castreño en castellano, es el adjetivo utilizado para designar todo aquello relativo al mundo de los castros. De la cultura castrexa, civilización especialmente arraigada en la cornisa noroccidental de la península entre los siglos XI a.C. y IV d.C, sabemos algunas cosillas, interesantes y sugerentes, pero es tanto lo que todavía desconocemos que debería imponerse la cautela.

Nótese que se llama castrexa simplemente porque el urbanismo de la época viene definido por los castros. Esta cultura no es propiamente celta. A pesar de ello, no ha lugar para desilusiones si tenemos en cuenta lo misterioso que resulta el mundo castrexo, rodeado de leyendas tan poderosas como la de los mouros, que dejamos para mejor ocasión. Y recuérdese que Galicia muestra una asombrosa riqueza en lo que a prehistóricos asentamientos castrexos se refiere.

Porque no hablamos de centenares de castros, sino de miles, así como de una evolución capaz de mutar y empalmar, por ejemplo, con la llegada de los romanos, lo cual siempre es síntoma de vitalidad. Entre el conjunto de castros relativamente bien conservados, y/o bien restaurados, que encontramos a lo largo y ancho de Galicia, desde las zonas costeras hasta las comarcas del interior, el de Baroña ocupa una posición prominente.

El castro de Baroña está en la parroquia del mismo nombre, ayuntamiento de Porto do Son. Para quienes no sean precisamente duchos en geografía gallega, piensen que hablamos del entorno de la ría de Muros y Noia, justo por debajo de la Costa da Morte. Se trata, por lo tanto, de un castro marítimo, asentado sobre una pequeña península, rodeada de océano, a la que se llega por un estrecho brazo de tierra.

Paseando por la playa colindante, cualquier día de otoño en el que las nieblas empiezan a imponer su húmedo linaje, a uno no se le irá de la cabeza el pensamiento sobre el mucho reuma que sufrirían los antiguos habitantes. O tal vez no, quién sabe, que los castros quizá estaban ubicados en puntos pertenecientes a las corrientes telúricas del planeta, en zonas donde el chamán local descubría alguna fuerza oculta y la utilizaba en provecho de la comunidad.

¿Cháchara esotérica?¿Propaganda de pseudoprofetas? No nos atreveríamos a ser tan severos ni a negar la posibilidad de que el hombre también fue un día hijo de la naturaleza, dueño acaso de lo que hoy llamaríamos un sexto sentido, atento a las señales provenientes del seno remoto de su madre.

Quien se haya paseado a determinadas horas por entre el terreno donde antaño se ubicaba un castro, y practicamente cada parroquia gallega tiene el suyo, se habrá dado cuenta, notando lo especial, evocador y enigmático del paraje, que la elección del lugar nunca era arbitraria. Más allá de las razones estratégicas de la comunidad, allí se expresa algo. ¿El qué? Ah, pero la respuesta dependerá de lo que cada uno ya crea de antemano.

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