Calabaza de Halloween

Hace un par de días el mundo vivió la celebración planetaria de esa fiesta yanki tan conocida, Halloween. El origen de la fiesta es europeo, posiblemente celta. Es muy probable sin embargo que los festejos se remonten a pueblos perdidos en la noche de los tiempos. Durante años fue opinión extendida ver en el día de difuntos cristiano el Año Nuevo del calendario celta. Aunque algunos expertos y varios opinadores lo han puesto en duda, es evidente que lo que ahora consideramos los primeros días de noviembre tienen, desde hace mucho tiempo, una especial carga simbólica.

¿A que viene todo esto? Pues viene a propósito del Samaín, nombre celta recuperado en Galicia para denominar la Festa das Caveiras (o Caliveras o Calacús), Fiesta de las Calaveras, solapada durante largo tiempo por los festejos cristianos de Todos los Santos y de Difuntos. Lo cierto es que la condición eminentemente rural de esta tierra siempre depara sorpresas. Todavía hoy adentrarse en lo profundo de algunas aldeas es como volver al pasado, bien que edulcorado por la presencia aquí y allá de los artilugios tecnológicos de nuestra época.

Porque la fiesta del Samaín sobrevivió en algunos puntos de Galicia, sí, de forma mas o menos clara. Queremos decir: bien incorporada a, u oculta tras, otras tradiciones mas recientes, bien manteniendo su idiosincrasia y sus peculiaridades, como el adorno de las calaveras, que tal vez en origen fuesen nabos. Y en los últimos años el Samaín pisa fuerte gracias a las iniciativas de múltiples asociaciones culturales que intentan una recuperación armoniosa y natural, esto es, no demasiado contaminada por el vistoso artificio estadounidense.

La dimensión lúdica de la fiesta consiste en hacer calaveras con calabazas, colocando una vela en su interior. Acaso la costumbre se remonte al gusto de celtas y ‘bárbaros’ por las cabezas cortadas de sus enemigos, luego penduradas (colgadas) de pórticos y murallas. La celebración tocaría pues la dimensión guerrera y sombría de un dios importante en el panteón celta: Lugh (de donde el Lucus romano y actual Lugo). Era una divinidad oscura la que se imponía, pues, en los momentos de entrada a las tinieblas del invierno.

La villa de Cedeira es tal vez el epicentro de recuperación de la fiesta desde hace ya casi veinte años. Sin duda, el hecho de que muchos de sus vecinos recordasen gozosos que, de niños, la festividad cristiana de Todos los Santos venía acompañada por una decoración entre gore y naif en la que las calabazas eran las protagonistas, fue de gran importancia para que nadie creyese plagiar una tradición foránea sino que, antes bien, la mayoría de los vecinos se mostrasen orgullosos de recuperar algo que de pleno derecho les pertenecía.

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