
Coincidiendo con el cambio de milenio, un debate desatado desde hacÃa tiempo en pequeños ámbitos de la sociedad gallega, y que nosotros vivimos en carne propia, alcanzó tales niveles de enfrentamiento que la polémica trascendió incluso al gran público. Muchos lo contemplaron entre estupefactos y divertidos, pero habÃa quienes, en medio de la refriega, se entregaban con pasión a su propia ira. Y en fin, ¿qué era aquello tan fundamental y delicado que por momentos envenenó las relaciones entre gallegos con intereses, en el fondo, comunes cuando no coincidentes?
Pues…era una cuestión de gaitas. SÃ, sÃ, de gaitas. Otro dÃa acaso nos aproximaremos a la historia de la gaita en general, para desechar algunos tópicos que la rodean, tal cual es el de considerarla un instrumento de origen celta. Pero celta o no, lo cierto es que en Galicia encontró un hogar. También en otras partes fue tratada con cariño, imposible negarlo, pero el caso gallego resulta ilustrativo. La gaita es uno de los sÃmbolos de Galicia, como el licor café en el terreno de las bebidas espiritosas, o como era el Seltiña en el fútbol, antes de la larga noche de piedra en la que últimamente se ha instalado.
En la Edad Media la gaita conoció en Galicia una época de esplendor, traducida tanto en unos desarrollos musicales notabilÃsimos asà como en un prestigio social que se vislumbra, por ejemplo, en las miniaturas de las Cantigas de Santa MarÃa, donde aparecen varias representaciones. En el contexto de los séculos escuros, la gaita entró en el mismo proceso de decadencia que el resto de elementos caracterizadores de la identidad gallega, asociándose con las figuras del folclore más degradadas.
El tocador de gaitas de los salones cortesanos se convirtió en el gaiteiro de las romerÃas populares. Sin embargo la gaita no dejó de sonar, de igual modo que el idioma rechazado por las élites seguÃa siendo hablado por el pueblo. El Rexurdimento literario del XIX continuado a principios del XX se vio curiosamente acompañado por una constelación de gaiteros, solistas o en cuarteto (formación de dos gaiteros, un tamboril y un bombo), que llamaron la atención de los propios poetas y escritores, como la gran RosalÃa.
Con esa inercia, obviando el paréntesis de los intentos de caricaturización folclórica que impuso el franquismo, se llegó a finales del XX. La renovación y desarrollo de la gaita era impulsada entonces desde los numerosos hontanares: familias artesanas, escuelas especializadas, apoyo institucional. Dos nombres merecen nuestra atención: primero, Antón Corral, fundador de la Universidade Popular de Vigo, centro del que salieron tan señeros gaiteros como Carlos Núñez y Anxo Pintos.
Por otro lado, desde Ourense Xosé Lois Foxo creaba y dirigÃa la Real Banda de Gaitas de la Diputación Ourense, provincia en la que además se formaron bandas en casi todos los concellos. Pronto, el hecho se extendió por Galicia entera, hasta que finalmente se empezaron a organizar los campeonatos anuales de bandas de gaitas, en los que participan decenas y decenas de formaciones venidas de todo el mundo.
Entonces saltó la chispa. Se formó un bando tradicionalista que criticaba el aire marcial, la vestimenta y la coreografÃa, asà como los tambores y las gaitas utilizadas por las nuevas bandas. Escoceses, gritaban, cazurros, respondÃan desde la otra orilla. Hoy, la interesante polémica parece haberse serenado un tanto. Por mi parte os dejo un vÃdeo con la interpretación de una conocida pieza del repertorio musical gallego: Entre o millo (En medio del maÃz)
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