El Santo dos Croques en Santiago

Santo dos Croques es el calificativo popular que recibió con el tiempo una pequeña estatua,  presuntamente un autorretrato del mestre Mateo. La escultura se encuentra situada a los pies del parteluz o mainel del Pórtico de la Gloria, y nos muestra al arquitecto arrodillado y en actitud penitente, mirando hacia el altar mayor. Parece que era costumbre que los estudiantes de Fonseca golpeasen la estatua tres veces con la cabeza, quién sabe si con la esperanza de recibir algo de la sabiduría del maestro. Luego el hábito se generalizó cuando los peregrinos lo adoptaron.

Mestre Mateo, como se lo conoce en Galicia, arquitecto y escultor que vivió entre los siglos XII y XIII, fue el representante más significativo del estilo protogótico gallego. Nuestras primeras informaciones sobre él lo sitúan, en el año de 1161, encargándose del puente de Pontecesures. Poco después, documentos escritos nos lo muestran ya en Santiago, ciudad a la que se vincularía durante más de veinte años dirigiendo las obras de la catedral.

Más o menos alrededor de 1168 comienza la construcción del Pórtico de la Gloria, donde su arte maduro combina el románico con evidentes rasgos de un gótico que todavía estaba por llegar: utilización de arcos apuntados, bóvedas ojivales, idealización iconográfica. Una incripción realizada por el propio mestre nos recuerda quién es el autor del maravilloso pórtico, uno de los símbolos de la catedral.

Pero además de esa firma visible, Mateo se habría esculpido a sí mismo en la popular estatua del Santo dos Croques. Al menos, así lo ha creído el pueblo desde siempre. Como decíamos al principio, la inicial costumbre de los escolantes de buscar la inspiración golpeando la figura con la cabeza, se traspasó a los propios peregrinos que conseguían entrar en la catedral después de viajes en muchos casos agotadores.

La misma noción de peregrinación tal vez se remonte a una vivencia pagana de lo religioso, por eso no debe sorprender un acto semejante que, de alguna manera, cae del lado de la superstición. Pero tales menudeces poco importaban a los peregrinos. Antes al contrario, tanta era la fe y las ganas con las que golpeaban al buen Mateo que el obispado tuvo que tomar medidas para que la escultura literalmente no se desintegrara. Y así hoy día no se permite cumplir el célebre ritual del Santo dos Croques, para desgracia y desconsuelo de los piadosos peregrinos. ¡Paciencia!

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