Irmandiños

Los siglos XIV y XV trajeron enorme agitación a una tierra entonces agreste y montaraz en la que los señores feudales campaban a sus anchas. La antigua provincia romana de la Gallaecia y luego  orgulloso reino de los suevos sufría tensiones sociales que la desgarraban, mientras no sabía si seguir el camino del sur (Portugal), el del este (Castilla) o más bien abrazar una senda propia.

En ese contexto, las dos guerras ‘civiles’ (el término no deja de ser anacrónico) del XV, la segunda de ellas una verdadera revolución, no fueron sino generalizaciones de los conflictos que caracterizaron localmente a Galicia durante toda la baja Edad Media. Se trata de las guerras o revueltas irmandiñas, en las que partciparon nobles, clérigos (incluido obispos), y una muchedumbre de campesinos.

La primera de las guerras irmandiñas se conoce como irmandade fusquenlla. La Hermandad se formó en 1431, en razón de la crueldad que el señor Freire de Andrade, el Malo, dispensaba a sus vasallos. Su epicentro se situó inicialmente en las tierras del susodicho Andrade, concretamente en Pontedeume y Betanzos. Pronto se extiende a los obispados de Lugo y Mondoñedo, destruyendo los primeros castillos y fortalezas de la nobleza.

El jefe principal de los rebeldes era el gran Roi Xordo, asesinado en la posterior represión y cuya fama perduraría hasta nuestros tiempos.  Pero la revuelta fue sofocada gracias a la acción conjunta de las tropas de los Andrade, nobles afines y el poderoso arzobispo compostelano. Amén de la ayuda inestimable del rey de Castilla.

La gran guerra irmandiña tuvo lugar entre 1467 y 1469. En realidad algunos de los concellos más poderosos de entonces ya la venían preparando con antelación. Luego, malas cosechas, epidemias, hambre y peste prenderían la mecha de la revolución. Los soldados de la irmandade, se habla de una cifra cercana a los cien mil, pertenecían mayoritariamente al campesinado, pero en su organización, papel preponderante jugaron miembros de la baja nobleza.

Así, tres de los líderes más significativos provenían de ella: Diego de Lemos, entre las actuales provincias de Lugo y Ourense; Pedro de Osorio, jefe en el centro de Galicia, en el entorno compostelano; y Alonso de Lanzós, que dirigía a los irmandiños por el norte. La revuelta llegó a desatar una rabia nunca vista. Se demolieron casi 150 castillos y torres, símbolos de la opresión feudal. Muchos nobles se vieron obligados a huir de Galicia para salvar el pellejo, escondiéndose ya en Portugal, ya en Castilla.

A las vanidosas familias nobiliarias gallegas no les quedará otra alternativa que la de unir sus fuerzas. Unos señores que se habían caracterizado por una codicia extrema, incapaces hasta ese momento de defender ningún interés común, de repente habían topado con la horma de su zapato. 

Pedro Madruga, personaje fascinante donde los haya al que dedicaremos más tiempo (¿sabíais que Pedro Madruga, también conocido como Pedro Álvarez de Soutomaior, se convertiría en unos años en el mismísimo Cristóbal Colón?) inició el contrataque desde Portugal. Otros nobles penetraron por la frontera castellana. Al cabo, las propias disensiones en las filas irmandiñas los llevaron a la ruina, acaso olvidando prematuramente el lema con el que habían resumido sus proclamas:

Deus Fratesque Gallaeciae!

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