
Qué orgullo para Galicia contar todavÃa con tierras como las que se abren al mar en la penÃnsula del Morrazo. Las gentes de Cangas, Bueu o Moaña pertencen a un linaje atlántico de gallegos arroutados, audaces, universales, que no vacilan a la hora de echarse al indómito océano para conquistar el mundo o simplemente el pan, ya en locas travesÃas de descubrimiento a bordo de naves tan rimbombantes como la Pinta, ya en barcos anónimos de dudosa consistencia en busca de nuevos caladeros.
SÃ, son bravos estos hombres y mujeres. Porque la diversidad gallega se aplica también a los caracteres, no sólo a los paisajes. En el interior de Lugo y Ourense, la noble hospitalidad a veces viene velada por unas maneras que pueden parecer sinónimo de frialdad cuando no de cerrada introversión, aunque poco a poco la actitud callada y distante de los vecinos sea vencida por su natural bonhomÃa. En el Morrazo, gentes de mar, las miradas nunca rehuyeron los ojos, e incluso las personas hablan con más elevadas voces.
La penÃnsula del Morrazo está en medio de dos rÃas urbanas: la de Vigo y la de Pontevedra. El clima es uno de los más suaves de toda Galicia, y septiembre suele ser un buen mes para ir a la playa. Las playas, precisamente, son uno de los tesoros de la comarca. Desde pequeñas y tranquilas calas a disposición de cada particular hasta los mayores arenales, siempre rodeados de magnÃficos bosques de pinos que facilitan lugares para el merendeo. Dicho con sinceridad, algunos nunca entendimos del todo que el pondaliano poema, base del himno, estuviese dedicado a los pinos y no, por ejemplo, a los carballos, los árboles más gallegos o, al menos, de los que cuentan con más antigüedad en suelo noroeste. Los pinares del Morrazo nos dan la respuesta.
Si las numerosas ensenadas de la penÃnsula son como regazos en los que descansa nuestra agotada vista, admirando la cantidad de dornas y gamelas que todavÃa se ven, al girarnos descubrimos un patrimonio histórico, arquitectónico y cultural prodigioso. El mundo castrexo nos habla a través de dólmenes, mámoas, antas. La cristiandad lo hace con boca de ermitas e iglesias del primer románico, asà como de cruceiros que ocupan las cumbres del preciosismo cantero. Ambos mundos conviven asimismo en las romerÃas y fiestas populares que alegran el calendario.
No, no hemos dado nombres propios. Esta es una aproximación, por qué no decirlo, con ribetes lÃricos. Para no desperdiciar la oportunidad de ir suavemente dando a conocer cada rincón de esta gozosa comarca con una enumeración somera, más propia de guÃas sin encanto para turistas estresados que de una página dedicada a los gourmets de los viajes, centrados en el qué y no en el cuanto. La verdadera ciencia, señores, es la ciencia de la paz, la paziencia. Y es menester ser pacientes para descubrir las bellezas de Galicia. No se arrepentirán.

