
Los 70 amanecieron en Vigo con los nubarrones de la crisis en varios sectores vitales para la economía local. Todavía bajo la negra sombra del régimen los trabajadores se echan a la calle. Una palabra tabú prende con fuerza en las zonas portuarias: huelga. Entonces se arma la de Dios es Cristo y si los huelguistas queman ruedas de automóvil los grises responden con la brutalidad de su virtud. Pero cuando la tempestad amaina un poco, la calma tensa muestra el desolador paisaje de la nada. El desierto crece, murmura Nietzsche desde la tumba.
Así se transita hacia los Ochenta. De la meseta llegan lejanos ecos de transición. Huérfanos de autoctonía cultural, de tradición propia, los artistas locales son solitarios meteoros que brillan por su cuenta. De repente la ciudad mira a su alrededor consciente de que se ha convertido en un gran solar rodeado de vacío.
Vacío. Porque el desarrollismo de cemento y tapia había cercenado la comunicación con el rural, o sea, con Galicia. Vacío, porque de pronto la ciudad comprende la castración de todo un océano en aras del puerto. Vacío, porque sin tradición, sin mar, sin cultura, Vigo era quizá la primera urbe pos- de las Españas. En esos momentos de incertidumbre, algunos lo entendieron como un desafío y se atrevieron a rellenar ese vacío. Vigo sería pos…moderna o seguiría siendo nada.
Así nació la movida. Entiéndase que no había esa clarividencia novelesca de estar acomentiendo la (re)fundación cultural de una ciudad. Sencillamente, una muchachada que se aburría descubrió el new wave en un pub llamado Angara, al tiempo que, desconociendo las diferencias entre una tuba y un trombón, incapaces siquiera de entonar una nota, decidían echarse al monte de la música…o del ruido. Sencillamente, grupos que nacían y, sin desfallecer, se desintegraban en el ambiente sólo para renacer en una vida próxima, a través de otras combinaciones.
Hay una serie de hitos y de nombres, claro, que no deben faltar en un fidedigno relato de la movida viguesa. En cuanto a locales, el Satchmo, pequeño garito de jazz que supo subirse a la ola, cambiar de registro y dar cobijo a los grupetos emergentes, como Mari Cruz Soriano y los que arreglan su piano, luego rebautizados, gracias a un providencial accidente de tráfico, en Siniestro Total, banda de letras de tan honda e irreverente sensibilidad como “mata hippies en las Cíes”.
Más tarde el Satchmo se quedó pequeño ante el fervor popular de, en cualquier caso, una minoría muy ruidosa. Hubo que habilitar nuevos escenarios, como el Kremlin, y asimismo los jóvenes fueron aprendiendo a tocar, diversificando la oferta. Así, German Coppini abandona Siniestro Total, al parecer por un malentendido, y forma con Teo Carralda Golpes Bajos. Malos buenos tiempos para la lírica.
Hay más nombres, más hechos, más anécdotas. Semen up, Aerolíneas Federales, el Manco, Ruralex, la confraternización de los movidos madrileños cuyo viaje y borrachera subvencionó el propio ayuntamiento, Antón Reixa, Os Resentidos, el célebre concejal Leri a lo Tierno Galván ante las masas…en definitiva, un fuego fatuo, infantil, irresponsable, magnífico, banal, tan rico en creatividad como sobrado de tontería. Los ochenta, qué tiempos.