Fisterra

Cuando los romanos penetraron por pimera vez en la esquina noroeste de la península, dicen las crónicas que los legionarios se pararon en seco ante las aguas del actual Limia, creyéndolo el río del olvido. Aguas muy turbias debieron encontrarse, la verdad. Pero Decimo Junio Bruto le echó coraje, y consiguió que sus muchachos lo siguieran hasta regiones de la misma Costa da Morte. Según escribe Murguía, esposo de Rosalía de Castro, en el Finisterre gallego los romanos contemplaron el sol ahogándose en el líquido horizonte…y cundió el pánico.

Hizo falta más de un  siglo para que aquellos hombres del Mediterráneo se acostumbrasen al acontecimiento de la puesta de sol de Fisterra (Finisterre), lugar enigmático donde los haya y que hoy da nombre a una comarca, a un municipio, a un ayuntamiento y a una parroquia. El concello propiamento dicho coincide con lo que podríamos llamar la península de Fisterra, cuyo apéndice más occidental es el cabo homónimo.

Desde tiempos inmemoriales está habitada la zona. Los vestigios prerromanos la convierten en un escenario jugoso para expertos y curiosos. Se cree, por ejemplo, que en las parroquias de San Vicente y San Martiño de Duio era donde vivía la tribu de los Nerios. Duio fue una importante población que permaneció largamente en la memoria colectiva, de hecho.

No muy lejos de allí, la semileyenda habla también de un Ara Solis de orígenes fenicios y Plinio, aquel romano tan gracioso, nos informa de tres Aras Sestianas, en honor del emperador Augusto. Hoy lo que allí vemos y miramos, y no dejamos de mirar ni de ver, embobados, es aire, viento, luz y mar.

El mar. El mar es el gran protagonista. Para bien y para mal, demasiadas veces para mal. El libro negro de los naufragios tiene tantas páginas como el Quijote. Principalmente marineros de la tierra, cadáveres sumergidos en las profundidades oceánicas, cuya ausencia sostiene una dolorosa mitología. Pero también episodios como el del Casón, sin comentarios.

Dramático fue asimismo lo ocurrido con el acorazado Monitor Captain, de bandera inglesa pero de suerte tan gallega. En 1870 se iría a pique en las aguas de Fisterra. De los más de 500 tripulantes sobrevivieron 18. Luego, como en casi toda Galicia, las visitas de piratas y corsarios, de juerga repetidamente por estas latitudes. Arripai (Harry Pay), un poco a lo Almanzor, incendió las iglesias de Santa María y de San Martiño de Duio y convirtió en cañones sus campanas. ¡Más latón, que es la guerra…! gritó el groucho de los tiempos.

Mucha historia, pues, muchas batallitas en este paisaje. Finalicemos, sin embargo, con algo más pacífico. Hasta Fisterra llegaba una primitiva elongación del Camino de Santiago. Los peregrinos, después de ver la grandiosidad de la catedral, querían contemplar la infinitud del mar. Darse ese baño definitivo de pureza en las aguas frías del atlántico, aunque sólo fuese con la retina.

Este camino atraviesa las tierras nobles de Dumbría, donde el Xallas escribe estrofa de agua mutilada. Luego se bifurca y un brazo sube hasta Muxía, mientras que el nuestro pasa al lado del petroglifo de Pedra Acha, a la vera del crucero de Marco do Couto y del santuario de la Virgen de las Nieves. Finalmente entra en el concello de Fisterra para desembocar su cauce de cansancio y esperanzas en la indiferencia salvaje del mar.

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