Vigo

En Galicia hay concepto que define el urbanismo dominante en el país a lo largo del siglo veinte. Se trata del feísmo. Algunos discuten la pertinencia semántica de este palabro pero lo cierto es que el feísmo, como las meigas, haberlo haylo, y de qué manera. Tiene al menos dos vertientes: feísmo por acción y feísmo por omisión, que se correspondería con lo que sucede en las ciudades y en los pueblos respectivamente.

Además, posee una tercera ramificación natural en el paisaje, con la sustitución de la flora autóctona por la plaga del eucalipto. En fin, como este no es blog para divagaciones teóricas vamos a presentar el caso paradigmático de la mayor población gallega, Vigo.

Vigo tiene un tesoro fotográfico que paradójicamente acaba por producir vergüenza, estupor y melancolía. El Archivo Pacheco es un magnífico testimonio que abarca varias generaciones de fotógrafos. Desde finales del XIX hasta mediados del XX los Pacheco retrataron admirablemente la sociedad y el urbanismo vigués, captando con su objetivo las fiestas, los acontecimientos populares, las visitas de las personalidades, las inauguraciones importantes, etc. Una muestra de semejante legado se puede contemplar en la Casa das Artes, en una exposición permanente.

Las miles de fotos nos muestran una hermosísima ciudad atlántica, una pequeña ciudad de unos 30000 habitantes poseída por un extraña vitalidad más propia del empuje newyorkino y caracterizada por la piedra pura. Las canteras de la vecina Porriño suministraban un granito de calidad con el que se construyeron los edificios nobles del centro. Verdaderos artistas se encargaban de los acabados: la belleza está en el detalle, y los detalles de las construcciones rizaban la dura piedra granítica de forma nunca sospechada.

Al mismo tiempo, sin embargo, todos los intentos por dar a luz un plan de ordenación urbana eran abortados. Estaba claro ya que el crecimiento de población necesitaba unos principios rectores que permitiesen el desarrollo armónico del tejido urbano. Finalmente el concello encarga a Antonio Palacios un Plan de Ensanche. El arquitecto gallego ya lo venía pensando desde hacía años. Se trata del conocido como Plan Palacios, un proyecto espectacular, utópico, irrealizable, de enormes avenidas protegidas por fáusticas obras de ingeniería y arquitectura.

La guerra cortó de raíz el proyecto. No sólo eso, sino que Vigo conoció su Apocalipsis. Durante veinte años se dio libertad total para destruir, socavar, para convertir en realidad un nagasaki en la retina. Hasta que en los sesenta, con el famoso desarrollismo franquista, el régimen ofreció su alternativa: cemento, cemento y cemento en un modelo de ciudad por encajonamiento. El lema de entonces, todavía hoy vigente, fue: tapiar Vigo para que no se vea el mar. Fue todo un éxito. Hoy Vigo es una ciudad sin mar.

No todo es tan gris en esta contradictoria ciudad, sin duda la más incómoda, la más molesta, la más salvaje e intrigante, la más poética de todo el norte peninsular. Esperamos en este mismo blog volver muchas veces sobre ella para tejer una red múltiple de perspectivas. Pero ahora queríamos melancólicamente recordar la ciudad que pudo haber sido y no fue.

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