Fragas del Eume

El río Eume nace en la sierra del Xistral para desembocar en la ría de Ares. Dos nobles villas presiden la entrada del río en el océano: Cabañas al norte, Pontedeume al sur. Entremedias, el famoso puente medieval. Nos encontramos en la parte inferior de la boca del dragón gallego, casi en su garganta. Cerca de Ferrol, no mucho más lejos de la capital herculina, el río Eume acoge en las proximidades de sus orillas unas frondosidades propias de otras épocas.

Las Fragas del Eume son Parque Natural desde hace años. Ya cerca de la infinitud oceánica, el río fue abriéndose paso con ansiedad algunas veces, con dulzura en otras, hoy siempre con rabia (contenida: léase los embalses, adorno repetido en todos los ríos del noroeste) conformando esos valles por los cuales se extienden las fragas. Las fragas, es decir, uno de los grandes bosques atlánticos de Europa. Con las sierras de Forgoselo o de la Loba en derredor. El conjunto es impresionante. La flora húmeda y salvaje despierta en nosotros el celta que llevamos dentro. El celta, el eremita, el amante de la naturaleza, el poeta. 

Porque la luz del sol realiza florituras y bailes de cámara para besar el suelo, tan exuberante es la vegetación en algunos puntos. Allí duermen su apacible sueño chopos, bidos (abedules), amieiros (alisos). Y cómo no el árbol más querido, más gallego: el carballo (roble). El paisaje de Galicia está profanado de manera monstruosa. Los eucaliptos son una plaga. Por eso, toparse con reductos donde todavía resiste la flora autóctona es purificador.

Esta comarca tiene larga historia. La toponimia nos revela que por aquí pasaron distintas civilizaciones y culturas. Pero las trazas más visibles no son tan remotas. La Edad Media late en lo recóndito de los parajes. En medio de las fragas hay dos mosteiros separados apenas por unos kilómetros y por interminables curvas, recodos, atajos. El milenario monasterio de Caaveiro se yergue sobre un promontorio en medio de un mar verde. Uno no lo visita sin abrazar la causa del anacoreta. El vecino monasterio de Monfero es más lujoso. Fundado en el siglo XII, su iglesia posee una magnífica y original fachada barroca, entre otras sorpresas.

En Pontedeume y alrededores existen importantes monumentos. Castillos semiderruidos, pazos, torres. En la villa misma, con una notable arquitectura medieval en forma de estrechas calles, soportales o blasones, permanece en pie el Torreón de Andrade. No muy lejos, en el castillo de la vecina Moeche, se reproduce cada verano una batalla hoy no tan sangrienta.

 En el siglo XV las Revueltas Irmandiñas pusieron en jaque a la muy explotadora nobleza gallega. En 1467 el castillo de Moeche fue destruido por los campesinos, como tantos otros a lo largo y ancho de Galicia. Una vez que la revolución fue derrotada, los asaltantes fueron obligados a la reconstrucción de las fortalezas.

Eso ocurrió en Moeche donde, como decimos, anualmente hay una buena fiesta con la excusa de la recreación histórica. Una turba alegre y desatada, vestida con chaleque, cirolas y polainas, armada con galletas (horquillas) y, sobre todo, botas de vino, asalta el castillo bajo el unánime grito de Deus fratesque gallaeciae. Nunca una derrota fue menos dolorosa.

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