
Aquellos de nuestros lectores que armonicen en su persona un carácter trouleiro (juerguista) con una condición más bien despistada, lamentarán profundamente que este artÃculo no fuese escrito hace una semana.
En la capital vinÃcola de la comarca del Ribeiro, cuna suave por donde transcurre amoroso el padre Miño recibiendo los afectos de su numerosa prole (rÃo Avia), se viene de celebrar este sábado último una de las más grandes bacanales que acontecen en la antigua Gallaecia. El alegre y ruidoso y hasta recomendable (una vez en la vida) acontecimiento se llamaba Festa da Istoria.
El lugar de la fiesta es Ribadavia. El centro histórico de Ribadavia es una maravilla. La mayorÃa de las ciudades gallegas no posee un núcleo tan amplio y antiguo que pueda comparársele. Es fascinante comprobar, los dÃas de invierno, que hay más escudos nobiliarios esculpidos en la piedra noble de las casas que personas. Esos paseos invernales, u otoñales, o primaverales, son algo único. Un decorado milenario dispuesto para el disfrute de un alma solitaria. Gozoso. Imborrable.
Pero ahora hablamos de la Ribadavia del último sábado de agosto. Ocurre entonces que la villa se engalana con banderas, tapices, decorados medievales. La Festa da Istoria (sin hache para darle el toque distintivo, glamouroso) nace como una recreación del esplendor antiguo. Ribadavia llegó a ser capital del Reyno de Galiza con GarcÃa I, y luego aun conoció un auge mayor con la implosión de los mercaderes xudeus (judÃos).Â
La recreación alcanza también a las ropas de los figurantes. Y figurantes son todos aquellos que disfrutan de la fiesta: hay una mayorÃa absoluta de personas vestidas de época. Claro que cada uno se viste como sabe o como puede, y asà se establece una mezcolanza de vestimentas que es una locura. Bendita locura.
La narrativa del goce comienza por la mañana (bien, bien, ya los dÃas previos hay movimiento y performances, pero nos ceñimos al clÃmax de la fiesta, siempre el último sábado de agosto). En la plaza mayor hay que cambiar euros por maravedÃes (¿o maravedÃs?). Tal vez mientras cambiamos de moneda veremos llegar el animoso Desfile inaugural, con los reyes, los notables, los cetreros, los malabaristas, los saltimbanquis. A partir de aquÃ, los actos oficiales se suceden.
La lectura del pregón, la boda judÃa, el numeroso baile medieval (¡una delicia!), el ajedrez viviente, la música religiosa, el torneo, el concurso de cetrerÃa, la cena medieval. Pero lo verdaderamente importante se agita y bulle por cada una de las calles del centro. Una marabunta prodigiosa recorre los puestos de venta de comida, los cuales ofrecen una variedad insospechada de aguardientes y licores. Es menester abrirse paso, trazar una ruta. Probar la empanada, los dulces. Beber el ribeiro, atreverse con el licor café. Gaitas anónimas animarán la fiesta, artistas callejeros, un frenesàsin malos rollos.
Quede claro que esto no es una apologÃa de la bebida, sino en todo caso de un fraternal buen beber, buen vivir. La Festa reserva su espacio también para los abstemios. El rÃo Avia siempre está dispuesto, además, a refrescar nuestras calenturas. Pero que esta fiesta es inspiración de un dios no lo dudamos. En la húmeda Galicia, el último sábado de agosto es siempre el dÃa más caluroso, el más radiante y soleado. Los dioses aman el sol. Sobre todo Baco.
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