
Lo de las fiestas gastronómicas en Galicia es algo digno de estudio antropológico. La comida como reunión social, festividad y motivo de esparcimiento es un tema infinitas veces repetido en latitudes galaicas. El colmo y la indigestión llegan con los calores estivales, pero todo el año está jalonado de tales eventos. Este fin de semana (5, 6 y 7 de marzo) el protagonismo recayó en Arzúa.
Arzúa es una población (también un ayuntamiento y una comarca) situada en el sur de la provincia de la Coruña, casi en el centro de Galicia (a unos 40 kilómetros de Santiago). Pues bien, su gran evento relacionado con las virtudes del comer es la Festa do Queixo de Arzúa, Fiesta del Queso.
El queso de la zona está amparado por la Denominación de Origen Arzúa-Ulloa. Se trata del queso por excelencia del país, producido artesanalmente desde hace siglos y consumido ampliamente por toda la geografía gallega.

Vinimos a ver cómo muere eternamente el padre Miño, cerca de A Guarda, en la provincia de Pontevedra. Puerto pesquero con bonitas casas de colores, aunque atrás queda aquella imagen del antiguo barrio de pescadores con sus casas casi colgando de los peñascos Dios sabe cómo.
En el centro de A Guarda una señal nos indica el camino hacia la subida del Monte de Santa Tegra. Decidimos hacer caso a la providencia del paisaje, e hicimos bien, demasiado bien. Allá arriba, en un monte desde el que prácticamente se toca con la yema de los dedos las tierras de Portugal, se halla el Castro de Santa Tegra, uno de los más importantes y visitados de toda Galicia.
Monumento Histórico Artístico desde 1931, fue descubierto por casualidad en 1913 mientras se construía una carretera. Valga perfecta la excusa para descubrir este yacimiento que se sitúa en torno a los siglos II a.C y II d.C. Aquí veréis viviendas de tipo circular, aunque no faltan las ovaladas y de forma rectangular, además de una parte de la antigua muralla defensiva que rodeaba el castro.

Hoy os proponemos un paseo por una amplia comarca orensana, fronteriza con Castilla y León, por la que el Sil penetra en Galicia de manera abrupta, para luego abrir un valle espacioso y calmo, antes de volver a transitar entre cañones fabulosos, fuera ya, sin embargo, de las tierras que son ahora de nuestro interés: Valdeorras.
Ese valle del Sil caracteriza la comarca, no menos que las montañas de mayor entidad que se puedan encontrar en Galicia: Pena Trevina, Pena Negra, etc, superan los 2000 metros, altitud de hecho insólita para el común de los gallegos, acostumbrados más bien a un paisaje sinuoso de miles, sino millones, de oteros, colinas y pequeñas cumbres.
Pero volvamos a Valdeorras. En la época prerromana, Valdeorras estuvo habitado por diferentes pueblos. Como en el resto de comarcas gallegas, hay restos megalíticos y vestigios de castros y citanias. Así, los castros de Xirimil, Escrita y Xardoal, o las mámoas de Roblido, los dólmenes de Lombo das Arcas, por no hablar de los grabados rupestres del concello de la Rúa.

No hay ciudad de Galicia, por grande y próspera que sea, que no guarde en su entramado de callejuelas un rincón entrañable, uno de esos lugares por los que todo el mundo pasa, y todos recomiendan.
Un rincón popular, con sabor antiguo y tradicional, en el que respirar la verdadera esencia de nuestro destino. Por muy grande que sea esa ciudad, como Vigo, la más grande de Galicia, rincones entrañables, como las meigas, hailos.
Y ese rincón entrañable en Vigo es la Rúa dos Cesteiros. Una calle pequeñita, muy estrecha, empedrada, cerca de la concatedral. Una calle acogedora que llama la atención por que aparece toda ella llena de cestas, sillas y pequeñas reliquias hechas de mimbre y caña. Son pequeños comercios tradicionales que, con el paso de los siglos, no han perdido la costumbre de tejer el mimbre.

Echas un vistazo a Galicia y te das cuenta que esta región es un auténtico paraíso de mar, naturaleza y piedra. Hay muchos lugares que también reúnen esta característica de elementos.
Pero quizás lo que diferencia a Galicia de todos los demás sea la forma en la que aquí se complementan y se fusionan. El romance eterno de piedra, mar y naturaleza da a luz rincones sencillos, pero de gran belleza.
Precisamente, uno de los lugares en donde la belleza y la sencillez se hacen piedra, mar y naturaleza es en la Ermita de Nuestra Señora de la Lanzada en Sanxenxo. Seguro que os sonará esta población de la provincia de Pontevedra, sobre todo por haberse convertido en uno de los rincones turísticos más importantes de las Rías Baixas durante el verano.

El Camino Francés es el Camino de Santiago par excellence, no hay dudas. Pero al foco de atracción cristiana en el que acabó convirtiéndose Compostela afluían peregrinos de todas las nacionalidades. Por los cuatro costados y desde cualesquiera latitudes.
Así se fueron configurando diversos caminos: del Norte, Inglés, Ruta de la Plata…son algunos de los itinerarios más conocidos. Aunque, a decir verdad, en el fondo hubo, y hay, tantos caminos como pares de alpargatas, es decir, como personas. Cada persona, en efecto, crea su propia senda, de ahí que el número total de caminos a Santiago, si no es infinito, lo parezca.
Desde el sur, el Camino Portugués es tal vez el más importante. El trayecto coincide, en teoría, con el llevado a cabo por la reina santa Isabel, en 1325, o acaso con el descrito por el rey Manuel I dos siglos después. En todo caso, el Camino Portugués conoce varias ramificaciones y distintas etapas paralelas, lo que demuestra la difusión del culto santiagués en Portugal.

Nos sentamos hoy aquí con nuestro buen amigo Don Álvaro Cunqueiro para conocer la Catedral de Mondoñedo. Nos tenemos que trasladar hasta comienzos del siglo XIII para ver los primeros pasos de este grandioso templo. No sería hasta bien entrado el siglo XIV cuando esta ciudad lucense pudiera ver por fin rematada su gran obra de arte medieval.
Bien decimos sentados aquí, en la Plaza de España, con Don Álvaro Cunqueiro, hoy estatua sedente que no parece ni quiere perder la costumbre de ver a sus paisanos pasear frente a la esbelta fachada de la catedral. Una catedral que no sé porqué no se la conoce más, porque tiene de sobra para ello. Fachada amplia, con bellísimo rosetón sobre la puerta de entrada, y dos altos campanarios en los extremos.
Os decíamos antes iglesia medieval, pero ya en la fachada hay una interesante mezcla de elementos. Portada románica, rosetón gótico y torres barrocas. Comienza a vislumbrarse la riqueza que nos espera en el interior este Monumento Nacional, catalogado así en 1902.

Toda la Costa da Morte es una tierra impregnada de lo mágico. Pero también lugar donde el clima puede no dar tregua durante semanas enteras, el viento azota libre su látigo de puntas como en ningún sitio y el mar, en ocasiones, parece querer invadir la costa por las bravas. Recorrer su abrupto litoral y perderse por sus parroquias es rescatar un trocito de auténtica Galicia.
Aquí incluso pervive otra sintaxis, otra fonética. En la lengua hablada, sí, pero también en el carácter, en las costumbres, no menos que en la propia geografía física, en el paisaje. Al dormir, los sueños son diferentes, más ricos e inquietantes. Ya despiertos, pasar unos días de asueto por esta región supone reconsiderar prioridades.
Camariñas está en pleno corazón de la Costa da Morte. Es pueblo marinero, pero también de famosos encajes. Hay algo importado del norte, de los Países Bajos que se ha incorporado al gesto vital de Camariñas. Y al modelo económico, claro: en toda la comarca de Terra de Soneira hay más de 2000 mujeres dedicadas a palillar, la mayoría en Camariñas.

Andábamos por las estribaciones de la Sierra de Moscoso, muy cerquita de Pontedeume, en la provincia de A Coruña, cuando nos llegó el sonido de piedra y misticismo del Monasterio de Santa María de Monfero.
Un silencio sepulcral de naturaleza y cruceiros parece rodear la estancia. Nada parece haber cambiado aquí desde el siglo XII, fecha en la que fue levantado este templo.
Sin embargo, el conjunto que podemos ver hoy data de los siglos XVI al XVIII. Podemos echar la vista atrás e imaginar cómo sería esto hace 500 años, cuando la espesura y los bosques nublarían la vista. La niebla y la bruma lo habrían convertido casi en un monasterio fantasma. Pero no, allí estaba, como ahora, pétreo y con esa mirada triste que parecen tener todos los monasterios gallegos.

Qué maravilla pasear ocioso por las calles de Pontevedra. Hace unos años, el gobierno municipal tomó una decisión muy discutida por los residentes (todavía hoy) pero que agradecemos quienes no vivimos allí: peatonalizar el centro, liberar espacios, defender a los viandantes.
Hoy, la ciudad mitológicamente fundada por Teucro se nos muestra con el encanto de una urbe pensada para el hombre, no a su costa. Posee uno de los cascos antiguos más importantes de toda Galicia, un río de leyenda que le ha dado amparo, un repertorio de casas blasonadas en el centro y en los alrededores y, en definitiva, un escenario tan hermoso como noble cuya memoria no se olvida tampoco de las notas más trágicas y funestas.
Además, claro, de sus puentes. Su nombre mismo, Ponte-Vedra, hace referencia al antiguo puente romano que cruzaba el Lérez, sustituido en el siglo XII por a Ponte do Burgo (puente en gallego es nombre femenino), uno de los símbolos de la ciudad, y en donde se situaba una de las puertas de la muralla que rodeaba la Pontevedra medieval y renacentista.